Este hombre, Damián Blanco, sin siquiera un poco de remordimiento caminaba por el parque.
Algunas gotas de sangre reposaban en el puño de su camisa, una mirada posada en su alma degenerada, una vil sonrisa; al fondo, un arbol.
Alla, en su casa, quedaba la caja de los cuchillos y su sonido metálico; 59 cuchillos: ya era la hora de irse.
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Mira, si ya es año nuevo... no me queda nada más que escribir
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